6 Diciembre 2012
Asdkjahrpogashdvlknasdf;hasdlfkjabspdviashdflkjhbasdiu, fasdfasgdhfsdkfhasdgjhasdigfqksjdnbfoasivdbasdkjcvhabsd, sdfashbgqsa dfiabsdvoahsd vasdhvboasdhiv asdiovbaskdjbva dvaijshdvbaosdhijavbsdva sdoviahbsdvaosidhvbasdfiv asodkvhjbasoidvha sdviabsd, dasdivhasdivapsd; aspidhvasidbv asdvhabsodvba; asdfashcvbasudvbkjinasud, dsasjhcbq, aksdhivbaosdvb; dvajhsvboausdbvaisnvaisbva.
A los 6 –lo recuerdo muy bien-, además de intentar cocinar a mi perro, había otra noble y furtiva causa en aquel incómodo incidente, y pese a que muchos consideran que es este el mismo impulso del psicópata […] me encuentro totalmente de acuerdo […]
Y de los niños y los científicos; y de las amas de casa y de los criminales; y de las putas y de los incrédulos; y de los estudiantes […] y de los oficinistas que ven pasar la vida por la ventana […] ¿por qué no?, excepto, claro está, policías y los militares, pues a estos se les es impedido pensar.
Sólo espero que la próxima vez no estén mis padres, ni los suyos, cuando volvamos a tocar a la puerta de la desgracia, o intentemos cocinar a un perro –o aún gato en su defecto- […] y se nos queme la vida a la puerta del horno. Pues bueno, nada de esto viene al caso, pero afuera hay una ciudad que ni siquiera padece de frío… una ciudad que solo se sienta en su propia vida a esperar a ver qué pasa.